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El camino al Mundial: Bolivia 3-1 Uruguay

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Por alguna extraña razón, es el partido que menos recuerdos me genera, recuerdo más el Bolivia – Uruguay de 1989 que este del 8 de agosto de 1993. Supongo que la euforia del Bolivia – Brasil y la fecha de descanso en medio relajó el pulso futbolero.

El tema es que en 1989 recuerdo un equipo uruguayo plagado de estrellas, ya los tenía a todos en mis equipos de tapitas: De León, Alzamendi, Ostolaza, ¡el Enzo Francéscoli!, Ruben Paz, y Ruben Sosa. Los dirigía el Maestro Tabarez; Además, Bolivia lució una de las camisetas más lindas de la historia con la bandera tricolor en una manga. Bueno, mi expectativa, cuatro años después, era alta y entendible. De aquel equipazo Celeste, sólo quedaban Sosa y Francéscoli.

Bolivia llegaba con un envión anímico inmejorable, eso, sí, nervios había igual. Llegar al estadio sobre la hora se estaba haciendo costumbre en esta Eliminatoria, el ocho de agosto coincide con el cumple de mi hermana mayor, pero como era el momento de ratificar el histórico triunfo a Brasil ante otro campeón del mundo en La Paz esta vez, la ida al estadio no corría riesgo, mi papá tenía más ganas que yo de estar en el Estadio. Aunque cuando el primer tiempo terminó sin goles, y la sombra de la tarde se apodera de preferencia, ese frío miraflorino, hacía dar más nervios escuchando la charla de mi pa con otras personas al rededor, todos preocupados porque no entró la pelota.

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Sin embargo, Bolivia lo hizo, con baile y el famoso «olé» en la tribuna del Hernando Siles en el segundo tiempo, es que Etcheverry entró, estaba en el banco, era Ramiro Castillo el titular esa tarde, y el Diablo entró a cambiar todo. Los goles fueron mágicos, riflazo de Platiní a una pelota suelta y se metió al único agujero libre en el arco de Sibolidi; Luego el mismo Diablo apilando charrúas hasta acariciar la pelota y ponerla en el palo más lejano del arquero; Y por último una contra que Melgar termina dándole mordido y la pelota entra como pidiendo permiso, en ese arco de la Curva Norte, que seguía acumulando goles de ilusión boliviana, llevaba cinco en dos jornadas en La Paz. Y aunque luego descontó el Enzo con un golazo de tiro libre, la suerte estaba escrita.

Nos fuimos a casa felices con mi pa, ganamos el otro partido que teníamos que ganar, ya habían pasado los dos cucos por La Paz y los dos se fueron derrotados, quedaba la mitad del camino, pero ese día, después de comer un Súper Mac, volvimos a casa punteros y sabiendo que esta Selección no nos iba a defraudar.

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