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Incredulidad (el Superclásico que nunca se jugó)

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Santa Cruz de la Sierra, mayo de 2009

– Eduardo te llama a su oficina. Te recomiendo que vayas.

La voz de Ana escondía algo de picardía. Cuando eres creativo de agencia y tu ejecutiva de cuentas te dice algo así hay dos posibilidades: la primera es que esté bromeando sarcásticamente y que vayas a recibir un putazo olímpico. La segunda, mucho menos probable, es que de verdad haya algo por lo que debas guardar todo tu trabajo de media tarde e ir a la oficina de tu jefe a sacarte la curiosidad.

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Eduardo te recibe siempre con una sonrisa. Alto, fornido y de pelo enrulado, para vender las ideas es como un niño que te mira con sus ojos verdes y juega con tus emociones mientras te va narrando historias llenas de promesas publicitarias. En esa época, la agencia estaba ubicada en el Canal Isuto y el sol de otoño entraba a pleno por la ventana.

– Esta es una cuenta que solo tú puedes llevar– me dijo sonriente–. Te presento a José María. Él quiere traer a Boca y River para que jueguen el Superclásico aquí, en Santa Cruz.

Pestañeé un momento.

– ¿Qué?

– Eso. Él es dueño de una empresa que está trayendo a Boca y River a jugar aquí, por el 24 de septiembre, para el aniversario de Santa Cruz.

Miré al invitado, que intervino de inmediato. Su acento era cordobés pero hablaba rápido, con entusiasmo y con mucho convencimiento.

– Las gestiones están avanzadas. Ya hemos hablado con dirigentes y cuerpo técnico de ambos equipos, y lo ven con buenos ojos.

– Pero…

– Uno de los compromisos es que ambos tienen que venir con sus plantillas titulares, nada de mandar acá a los suplentes– Dijo José María, adelantándose a mi pregunta.

– ¿Es en serio?

– Sí, muy en serio. Fuera de todos los argentinos que viven aquí, ya te imaginarás lo lleno que va a estar el estadio de gente que siempre ha sido hincha de River o de Boca sin nunca haberlos ido a ver a la cancha.

Hay gente a la que no le cabe en la cabeza que uno pueda hacerse hincha de un equipo que no es de sus pagos. Sí, hay personas a las que les parece inaceptable que siendo de La Paz uno pueda ser fan del Barcelona, o que siendo de Ciudad de México uno pueda hinchar por el Inter de Milán. A esas personas cuesta explicarles que no hay ninguna regla escrita por la que tu corazón “deba” inclinarse por un color local, o por la que no deba hacerlo por un equipo foráneo. Es más, cuando uno ama el fútbol conoce, tal vez sin poder explicarlo, ese sentimiento tan extraño como sublime que te atrae hacia unos colores o una forma de juego particular, que bien puede solo despertarte simpatías o llegar a cautivarte por completo. Hasta conozco gente que reconoce no ser hincha de ningún equipo de su país, pero que mueve sus afectos por camisetas de otras latitudes.

En lo personal, Boca Juniors siempre fue objeto de mi admiración. Estudiando la historia de The Strongest leí la enorme deuda de gratitud que teníamos con los boquenses por el apoyo que le brindaron al Tigre cuando ocurrió el accidente de Viloco. Boca abrió su corazón para jugar un amistoso contra la selección de Bolivia en la Bombonera, y de su cantera salieron dos figuras que se iban a volver fundamentales en la reconstrucción gualdinegra, Luis Fernando “el Zorro” Bastida y Víctor Hugo Romero. Por todo esto divagaba mi mente mientras José María seguía hablando.

– Queremos que la gente sepa que esto va en serio, así que hemos concertado que sean los mismos jugadores los que inviten al partido: dos jugadores de Boca y dos de River van a hacer testimoniales en TV.

– …

– Sería bueno que hasta los directores técnicos nos dieran su palabra.

– …

– Así que cuanto antes, creo que vas a tener que embarcarte a Buenos Aires para hacer las entrevistas y las tomas de apoyo. ¿Tenés pasaporte?

– …

– Ahem. ¿Tincho?

Yo no lo podía creer.

– Te decía si tenés pasaporte…

– Claro que sí, al día.

 

El afiche oficial del evento
El afiche oficial del evento

 

Ezeiza, miércoles 15 de julio de 2009

El avión tardó menos de lo esperado y desperté cuando estábamos aterrizando. La humedad bonaerense hacía que el ambiente esté frío pese al sol que nos alumbraba detrás de un par de nubes tímidas. Salí al parqueo de los buses de Manuel Tienda León y para mi sorpresa me encontré a un viejo conocido volviendo a la ciudad, José Antonio “Gringo” González, por entonces cónsul boliviano en Argentina.

– Vengo de embarcar a un boliviano que hallaron en unos talleres textiles, ilegal y explotado laboralmente, ¿sabes por quiénes? Por otros bolivianos. Y esto ocurre cada día.

Quedamos en vernos, pero como buenos paceños, ninguno llamó.

Llegué pronto a la terminal de Eduardo Madero y un taxi me llevó de ahí al Hotel Promenade, en Marcelo T. de Alvear. Al poco rato sonó el teléfono.

– ¿Hola Martín? Soy Camilo, de la productora. Quería que coordinemos la visita a River.

 

Núñez, viernes 17 de julio de 2009

 

La antigua entrada al Monumental (remodelada en 2015)
La antigua entrada al Monumental (remodelada en 2015)

 

La coordinación del día jueves había pasado sin contratiempos. Antes de las 7:30 llegamos al estadio Antonio V. Liberti, más conocido como Monumental.

– Che, ¿es en serio todo esto? ¿de verdad van a ir a jugar un clásico a Bolivia?

– Sí, en serio. En septiembre.

Le respondí por tercera vez al asistente de producción sorteando mi propia incredulidad. Es que ya estaba yo en Buenos Aires y aún no me cabía en la cabeza, Boca y River iban a jugar un partido en Bolivia y yo estaba haciendo la publicidad para el evento. Para un publicista e hincha del fútbol era la sagrada conjunción de sus mundos. En todo caso yo me había tomado el tema con la debida seriedad, para ir a River me puse encima de la chompa un impermeable negro adidas, así no desentonaba en el ambiente circundante. Claro que de mis simpatías por Boca no iba ni a hablar. El encargado de prensa del club salió a nuestro encuentro.

– Lo siento, pero van a tener que esperar a que termine el entrenamiento.

Eran las 8 de la mañana, hacía un frío que nos hacía rechinar los dientes y tuvimos que estar un par de horas más en las puertas del estadio. Recién a las 10 nos dieron acceso a los interiores, donde ni siquiera hallamos dónde servirnos un café. Entramos pasando la amplia galería de trofeos millonarios y adentro esperamos otro buen rato. Entretanto salí, cámara en mano, a tomar fotos de la cancha y de la zona de atención a la prensa. El encargado volvió a aparecer y lo abordé.

– ¿Terminó el entrenamiento?

– Ah, sí, ya hace rato.

– Bien, ¿entonces podemos entrevistar a los jugadores?

– Lo siento, pero ya se fueron.

Me lo decía con una soltura de cuerpo única.

– Disculpe pero tengo que hacer tres entrevistas. A Marcelo Gallardo, al Ogro Fabbiani y a Ariel Ortega. Habíamos hecho un compromiso previo…

– Sí yo sé, pero usted ve cómo son, ¿no? Terminó el entrenamiento y se fueron.

El momento de River no era el mejor y eso se podía sentir en el ambiente. Eran los primeros días de la pretemporada, habían quedado últimos en el Apertura 2008 y octavos en el Clausura 2009; su último partido lo habían perdido 2-1 contra Estudiantes de la Plata de locales y en el Apertura 2009 iban a terminar catorceavos. El fantasma del descenso comenzaba a asomarse.

– Mire, el único que queda es Ariel, que está en una sesión de fotos para UNICEF allá, en la cancha.

– Perfecto. ¿Lo puede llamar por favor?

El hombre accedió, nunca de buena gana. Cuando el Burrito Ortega entró, se lo notaba cansado y de mal humor. Me presenté rápidamente, le expliqué el motivo de la visita y le comenté que tenía que hablar ante la cámara las sencillas líneas de un guión.

– No, eso yo no lo voy a decir– contestó, casi sin mirar el papel. Miré al encargado de prensa, quien se encogió de hombros.

– Si no lo quiere decir, no lo va a decir.

Rápidamente modifiqué el guión en un par de líneas y lo reescribí en una hoja de papel en blanco.

“Amigos de Bolivia, los espero el 24 de septiembre en el Estadio Tahuichi Aguilera. El Superclásico de América se juega en Santa Cruz; mi deseo es ganarlo”.

– ¿Te parece bien?

– Sí, bah, hagámoslo rápido.

El jugador se colocó frente a las luces, que habían estado listas horas antes. Hicimos un par de tomas. Yo tampoco estaba del mejor humor.

– ¿Te pido algo? ¿Podrías por favor sonreír?

Mi pedido tuvo el efecto contrario. Una mirada suplicante del asistente de Camilo –sospecho que hincha de River– logró, finalmente, que nuestro entrevistado dijera las líneas con una sonrisa forzada. Abandonamos Núñez fríos, mal tratados, disconformes y con la tarea incompleta.

 

EL Burrito y su contagiante alegría.
El Burrito y su contagiante alegría.

 

Barrio de la Boca, 20 de julio de 2009

 

La Bombonera
La Bombonera

 

– Pará aquí, por favor.

Estábamos en una de las calles circundantes al estadio Alberto J. Armando, más conocido en el planeta fútbol como La Bombonera. Bajábamos por Villafañe y al llegar a Iberlucea me di cuenta que no tenía a mano ni una sola prenda dónde hacerme firmar autógrafos. Entré a un pequeño negocio y compré la única gorra que estaba expuesta. Llegamos a Casa Amarilla y la diferencia se sintió de inmediato.

– Ah, ¿ustedes son los que vienen de Bolivia? Pasen, pasen. ¿Les ofrezco algo? Tomen asiento.

El encargado de prensa se mostraba presuroso y solícito. Camilo y su asistente se ubicaron en uno de los sillones de la recepción, dejando cámaras y luces al costado. Si yo me había tomado en serio la visita a River Plate vistiendo con disimulo un saco adidas negro, la visita a la Bombonera no debía ser menos, llevaba una chamarra amarilla con una franja azul, como si de una camiseta alterna se tratase. La temperatura era de cero grados. En ese momento, saliendo de una de las puertas cercanas, apareció el profesor Carlos Bianchi, uno de los mejores DT del mundo. ¿Qué hacía ahí? Pocos días antes Alfio “Coco” Basile había sido designado DT de un equipo al que tampoco le acompañaban los buenos resultados; había terminado catorceavo entre veinte el anterior campeonato. Pero eso no parecía afectar los ánimos aquí. Me acerqué al Virrey Bianchi, decidido.

– Profesor, ¿me permite un autógrafo y una foto?

– Claro, con todo gusto. ¿Firmo aquí, en la gorra? ¿Salió bien la foto? ¡Ah, ustedes son los que vienen de Bolivia! Algo me dijeron por acá…

Algo le dijeron. Increíble. El encargado de prensa volvió a aparecer.

– Miren, apenas termina la sesión los muchachos se suben al bus de inmediato. Pero ya avisamos a Battaglia, a Abondanzzieri y a Palermo, Riquelme está agripado y se fue antes… ¿está bien?

¡Estaba más que bien! ¿Qué más podíamos pedir? Palermo y Abondanzzieri grabaron su guión con sendas sonrisas y firmando autógrafos. La gente de prensa nos regaló un par de recuerdos y yo abandoné Casa Amarilla más hincha de Boca que nunca. Nos fuimos a 9 de Julio a hacer tomas de apoyo y al otro día, satisfecho, me tomé un descanso.

 

El Virrey entró y salió repartiendo sonrisas
El Virrey entró y salió repartiendo sonrisas

 

Santa Cruz de la Sierra, 11 de agosto de 2009

Estimado Camilo:

La edición quedó bárbara, te adjunto la aprobación de J. María. Si cuelgas los comerciales hoy en HD los dejo bajando hasta mañana y se difunden desde el fin de semana. Te cuento que desde mañana igual salimos con radio, prensa y vallas, en fin, esto va a hacer ruido.

Saludos cordiales.

 

Santa Cruz de la Sierra, 15 de septiembre de 2009

 

– Anita, no puedes mandar el aviso así.

– Así me llegó y así lo quiere cliente.

– No Ana, por favor. Fijate lo delicado del tema.

El aviso, uno de los más tristes que me tocó revisar, era una media página explicando lo inexplicable: el partido no se iba a jugar, las entradas se iban a devolver. Tanto River como Boca vivían situaciones incomodísimas en el torneo y el DT de los millonarios, Néstor Gorosito, había determinado que no era hora de viajar para partidos de exhibición, mucho menos contra el tradicional rival. José María me lo explicaba descorazonado.

– Es un perjuicio que no tenés idea. Te juro que prefiero que el asunto acabe rápido y olvidarlo todo.

Ahí quedó la aventura. La incredulidad nunca se me quitó, ni cuando veía a Palermo en la tele invitando a la gente al Tahuichi Aguilera ni cuando escuchaba en la radio la publicidad que yo mismo había hecho promocionando el evento, ni cuando veía las gráficas exhibidas en el Cine Center y en los lugares más concurridos de la ciudad. Por un momento llegamos a ilusionarnos con la idea de que el clásico más popular de América se juegue en Santa Cruz. La ilusión es la materia prima de la publicidad, la primera se moldea de acuerdo a los dictados de la segunda, toma formas fatuas que después se rellenan de convencimientos y satisfacciones que no siempre parecen sólidas. Pero esta vez, el más desilusionado era quien había hecho la publicidad y no quien la había consumido desengañado.

 

Epílogo

Barcelona, domingo 26 de junio de 2011

Veía la transmisión por internet y no lo podía creer: River había descendido.

Después de mi confirmación como bostero en aquella visita a Buenos Aires, había pensado que podía ser gracioso burlarme de los amigos y conocidos hinchas gallinas. No pude. Vi los rostros empapados en llanto de los jugadores y entendí que en el folklore balompédico el descenso es lo más cercano que hay a la muerte. Leí las afirmaciones llenas de dolor de aquellos amigos a los que pretendía tomar el pelo y volvió mi incredulidad, tanto dolor, tanta pena, ¿podía ser posible? ¿por un evento así? ¿cómo se podía desear la muerte a alguien, o festejar un deceso? y si el partido en Santa Cruz se hubiera jugado, ¿en qué hubiera influido? Aquellos chicos que lloraban en el medio de la cancha, aquél hincha que se cortó las venas en Don Torcuato, el chiquillo que se lanzó a las vías del tren en Tres de Febrero eran conscientes de algo que bien definió Bill Shankly: “algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso”. Tal vez la incredulidad, después de todo, la negación, había sido el último bastión de su propio cariño.

 

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