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Un árbitro formado en la guerra

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Foto: Revista Líbero

El día que expulsó a Amancio Amaro, ese extremo eléctrico del Deportivo de La Coruña que estaba a punto de dar el salto al Real Madrid de las Copas de Europa en blanco y negro, muchos de los aficionados que presenciaban el partido dirigieron sus miradas hacia él. Árbitro de figura enjuta que había desarrollado casi toda su carrera en los alrededores de su Linares natal. A él no debieron de importarle demasiado los pitos, ni los insultos, ni siquiera las canciones con cierto gracejo que entonaba la grada.

Había salido indemne de cientos de partidos de Regional en los que salvar el pellejo era algo que nadie te aseguraba, había huido en carro por pitar un penalti en contra del equipo de casa, había visto cómo su hermano acababa en el calabozo por defenderle de una horda de malhumorados hinchas, y había oído mentar a su madre en cientos de ocasiones. Así que el murmullo de la grada no sirvió para que Benigno Cabo García se inmutase lo más mínimo.

Al fin y al cabo era fútbol, y por muy peligroso que se pusiese el partido, nunca iba a parecerse lo más mínimo a los encuentros que organizaba en suelo ruso unos años antes, cuando formó parte de la División Azul. Sí, la que integraron unos 45.000 voluntarios para ayudar al Reich en sus perversos fines. Precisamente él, que en los primeros años de la democracia en España fue un ferviente militante socialista, tuvo la fatal ocurrencia de acercarse a Málaga a alistarse como voluntario para viajar a Rusia y enfrentar al comunismo mano a mano con las fuerzas de Adolf Hitler.

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En esa acción no había componente ideológico, y sí mucha curiosidad por saber si era verdad aquello que contaba la propaganda franquista sobre el pueblo comunista. Decían que eran fieras “en estado semisalvaje”, que comían con las manos y no sabían leer ni escribir. Benigno firmó cuantos papeles le pusieron delante, entregó tres fotografías y salió del Cuartel de la Trinidad de Málaga como voluntario el 6 de octubre de 1942.

LA PASIÓN DEL FÚTBOL

Los había que se alistaban por necesidad económica, otros por limpiar el nombre de sus familias, manchadas por pertenecer al ‘bando equivocado’ durante la Guerra Civil, otros por hambre de aventura, y otros, muy pocos, por ideal. Así lo contaba Benigno a su vuelta de Rusia, en 1944, cuando pasó a limpio sus memorias del frente de Leningrado (la actual San Petersburgo). Las ganas de vivir nuevas experiencias le llevaron a alistarse. Casi la mitad de los españoles causaron baja: unos 8.000, y entre heridos y mutilados sumaron casi 13.000. Pero cuando uno va a la guerra con ganas de vivir aventuras y conocer mundo no piensa en la derrota. Ni en la muerte. Ni en el fútbol, aquello en lo que tanto tiempo invertía en Linares y que, como quedó patente en aquellos meses, era su gran pasión.

Sin formación militar alguna se plantó en Madrid para coger el tren en busca de nuevas experiencias. El 18 Batallón en Marcha se plantó pronto en Hendaya, donde los bisoños españoles tuvieron su primer contacto con los alemanes y jugaron su primer partido de fútbol como divisionarios. Cómo no, detrás de aquella pachanga se encontraba Benigno, que por entonces coqueteaba con la posición de delantero, dejando el arbitraje para soldados con menos habilidad.

Los partidos fueron algo habitual en el día a día de la División Azul, tanto como el tute, las siete y media o el vodka. Al menos, en las jornadas de descanso. Una pasión, la del balompié, que compartían los soldados nazis. Seguramente también los rusos, aunque Benigno no pudo comprobarlo; la relación con ellos se reducía al intercambio diario de balazos y a esporádicos enfrentamientos de los que nunca salió herido. Milagrosamente. Incluso puede que también fuesen futboleros los mongoles, esos soldados que combatían con el Ejército Rojo y que empleaban la táctica de hacerse los muertos en la nieve para jugar la baza del efecto sorpresa.

Esto propiciaba que los divisionarios fuesen uno a uno rematándolos con el machete. Lo cierto era que los alemanes eran tan amantes del balón como los aliados que llegaban del sur. Así, la llegada de los españoles a Hof, ciudad alemana en la que hacían la jura de bandera –sí, la nazi-, deparó intensos y apasionados partidos.

Como aquel en el que Benigno y diez más se midieron a las Hitler Judgen (Juventudes Hitlerianas) en un duelo que terminó con la victoria visitante por 1-5. Un triunfo moral. El once lo componían ‘futbolistas’ con historias detrás que poco tenían que ver entre sí. En la zaga jugó Jaime, un chaval mallorquín que era cocinero y que tras la Guerra Civil se dedicó al estraperlo; fue a prisión, de donde salió a cambio de servir a la División en Rusia. En punta, el madrileño Sanz, posiblemente el mejor amigo de Benigno en el frente, que a sus 19 años dejó su empleo de delineante del Ministerio de Obras Públicas con un sueldo de 22,50 pesetas diarias para conocer mundo. Su padre, también empleado en dicho Ministerio, no supo de la marcha de su hijo hasta que éste le escribió desde Alemania. No volvió a verle. Un tiro le destrozó la cabeza el 8 de julio de 1943.

Cuenta la leyenda que los primeros divisionarios jugaron un partido de fútbol contra la Wehrmacht (fuerzas armadas de la Alemania nazi) en Berlín ante 90.000 espectadores, con resultado de empate a un gol gracias a los goles de Decaer y Campos.

Pero de ello nunca supo Benigno. Sus partidos eran mucho más modestos, si bien los jugaba con la misma intensidad con la que vivió apenas un lustro después el gol de Zarra en el Mundial de Brasil. Pero los partidos de fútbol diarios se acabaron en el frente. El 8 de noviembre de 1942, el futuro árbitro y su batallón cruzaron los reinos de Baviera, Sajonia y Ducado de Brandeburgo, entraron en Polonia por la provincia de Posen (hoy Poznan), y cortaron transversalmente el famoso Pasillo de Danzig para entrar en la Prusia Oriental. De ahí a Riga, a las puertas del infierno. Allí espera el Coronel General Lindemann para dar la bienvenida al grupo y pasar revista a las tropas españolas.

Apenas un año después, este alto mando alemán fue ajusticiado por participar en un intento de asesinato de Adolf Hitler, pero ese día estaba allí, instruyendo a los españoles sobre los puntos débiles de un enemigo que contaba con el aliado de la cruel meteorología. Hasta 40 grados bajo cero, una temperatura en la que los fusiles tienden a encasquillarse y en la que es norma obligada consumir mucho vodka para entrar en calor. En Slutsk, hoy Pávlovsk, a sólo 30 kilómetros de Leningrado, un fusil que no funciona o unas manos frías que no reaccionan suelen ser el preámbulo de la muerte.

En ese momento, con la cantinela de fondo de las bombas que se convertiría en la banda sonora de sus 14 meses en esos lares, Benigno pensó por primera vez en el ‘rigazo’, la solución que muchos españoles buscaron para escapar del horror. Se trataba de pegarse un tiro que sólo toque la carne y que no revista gravedad para ningún órgano vital, algo aparentemente sencillo para un soldado y que le permitiría abandonar el frente y abrazar la vida del convaleciente. Incluso podría soñar con una pronta repatriación, con la vida en casa, con los partidos de fútbol con los amigos.

Pero cuando salió de la chabola Benigno no pudo sujetar los nervios y se echó atrás. Los que sí se atrevieron a pegarse el ‘rigazo’ corrieron suerte dispar: algunos colaron como heridos leves de guerra, los hubo que calcularon mal y perdieron una extremidad y otros acabaron en un Tribunal de Guerra en España por tentativa de deserción. Fue el caso del sargento Benítez, que entró en la chabola de Benigno con un tiro en el pie derecho producido, según él, por una bala de caída que le sorprendió mientras orinaba.

Al día siguiente se encontró su fusil y su casco con un agujero de bala escondido entre los matorrales, lo que alertó de las intenciones del sargento. Queda claro, pues, que en las trincheras no hay sitio para partidos de fútbol, pero mucho menos para cobardías. Benigno lo comprobó el día que un muchacho saltó de la trinchera para unirse al Ejército Rojo, con tan mala suerte que pisó una mina y salió despedido. Detenido, confesó que quería desertar para no ayudar más a los alemanes. Ya daban igual sus motivos; estaba condenado a pasar por las armas. Benigno fue designado testigo del fusilamiento contra su voluntad.

Allí estaba el joven, apurando su último cigarro mientras le caía una lluvia de plomo. Su delito, dejarse convencer por la propaganda rusa que invitaba a los divisionarios a abandonar sus raíces para sumarse a su causa.

SOBREVIVIENTE DE KRASNY BOR

Benigno las vio de todos los colores en su aventura militar, ¡como para dejarse impresionar por el ambiente de un campo de fútbol de Segunda División! Fue uno de los afortunados supervivientes de las dos grandes batallas de la División Azul, la del lago Ladoga, muy cerca de la actual frontera con Finlandia, y la de Krasny Bor, en la que perdieron la vida una cuarta parte de los soldados españoles que cayeron en el frente. En la primera de ellas se encontró de bruces con toda la crueldad de la guerra, resistiendo durante dos días con sus dos noches el ataque de unas tropas rusas mucho más numerosas, combatiendo cuerpo a cuerpo con el enemigo a menos de 30 grados bajo cero y viendo morir a muchos de los compañeros que partieron con él de Madrid. Salieron en atestadas caravanas los españoles alegres por el abundante coñac ingerido para entrar en calor y encontrar el punto de valentía necesario para acudir a la batalla.

-Parece que vamos en el Tranvía de Sol-Ministerios en día de partido en Chamartín, escribió uno en plena ventisca.

Les esperaban 48 horas de penosa batalla entre el barro y la nieve, a la espera de un relevo alemán que no llegaba. Cuando al fin los germanos aparecieron y el 2º Batallón del Regimiento 269 se retiraba a retaguardia, el general alemán al mando le dijo a los suyos:

-Es preciso que el enemigo siga creyendo que tiene enfrente soldados españoles.

Era el reconocimiento tácito a la gesta bélica de los voluntarios españoles. De vuelta a la chabola, Benigno se había convertido en un autómata. Algo de él se había quedado para siempre en el helado lago Ladoga. En retaguardia les espera una pila de un centenar de cadáveres alemanes que, rociados con gasolina, hacen las veces de estufa para los congelados soldados. El hedor que desprenden apenas es un inconveniente, pero hay que tener la precaución de no acercarse demasiado para evitar el reventón de las venas por el contraste de temperaturas. Sentado con el resto de supervivientes,

Benigno piensa:

-Si no fuera porque ya no me acuerdo de cómo se hace, lloraría.

Poco después, el 10 de febrero de 1943, llegó Krasny Bor, la batalla más sangrienta de cuantas afrontó la División Azul. Unos 4.000 de los menos de 6.000 españoles que combatieron en este arrabal de Leningrado se quedaron allí. Benigno tuvo más suerte que la mayoría de sus colegas.

El 2º Batallón del 269, el suyo, quedó reducido a sólo 16 hombres. En su memoria quedaron para siempre verdaderos casos de heroísmo, como el de aquel oficial de artillería que viendo llegar las oleadas rusas y no pudiendo hacer nada con los cañones sin municiones ordenó a sus soldados que se fueran mientras él se quedaba con las piezas para morir con ellas. O como el del soldado que se tiró a un tanque para meter las bombas entre sus engranajes. O como el de dos carreros que sacaron los heridos sorteando los cañonazos enemigos.

Por eso, cuando expulsó a Amancio por hacerle un comentario despectivo en gallego que él, como jienense con muchos veranos en Galicia ‘cazó’ al vuelo, no le temblaron las piernas. Al fin y al cabo era sólo fútbol.

 

*Texto basado en el diario de guerra de Benigno Cabo García, voluntario de la División Azul y árbitro de fútbol en la década de los 50. Publicado en el número 5 de la revista española Líbero. 2013. Extraído de Un Caño.

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