Bolivia – Brasil, el partido que nos cambió la vida

Cada vez son más los años que pasan y son más lejanas esas alegrías que vivimos, eran otros tiempos, era otra la historia. Bolivia tenía un corazón en cancha
Foto: historiadelfutbolboliviano.com

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Cada vez son más los años que pasan y son más lejanas esas alegrías que vivimos, eran otros tiempos, era otra la historia. Bolivia era fuerte en casa, tenía un equipo con un corazón gigante en el amarillento gramado del Hernando Siles que explotaba de gente en sus graderías.

En cancha estaba la lejana selección de 1993 con el invicto Brasil que traía a nombres como: Taffarel, Ricardo Gómez, Cafú, Zinho, Rai, Bebeto.

Recuerdo poco de ese día yo tenía diez años, y mi memoria me lleva a revivir sólo 90 minutos de la tarde en el Hernando Siles, estuve a punto de perderme el partido por una de esas cosas de las cuales no me lo hubiera perdonado nunca, a algún “descuidado jesuita” sin fixture en la mano se le ocurrió hacer del 25 de Julio de 1993 el día de la primera comunión en mi colegio (San Calixto).

Aún con la indumentaria de ese obligado acto, convencí a mi papá de que fuéramos al  partido, claro, el también tenía ganas de ir. Dada la coyuntura el tiempo era nuestro enemigo. Del templo a casa a almorzar con la familia, de ahí para la otra casa a vibrar con el fútbol con 42 mil almas más.

Estábamos en la bandeja alta de preferencia, rodeados de hinchas brasileros, pero la ilusión se respiraba en el aire. Yo llevaba conmigo por primera vez una cadena de oro que tenía una forma de cruz -claro regalo de mi primera comunión- mi papá me tomaba de la mano, se lo notaba ansioso y nervioso, eso que no es tan futbolero, tenía los nervios de todos por ver a Bolivia luego de aquella goleada en Puerto Ordaz.

Eran las 15:30, ya Miraflores se había enterado que jugaba Bolivia, el himno nacional se había escuchado desde el mirador de Killi Killi hasta Calacoto. El paraguayo Francisco Escóbar daba el inicio de lo que a la postre serían los 90 minutos más hermosos de mi vida como aficionado al fútbol.

Recuerdo los cánticos de los brasileros, saltando alborotados; Recuerdo también a mi papá y otros señores de nuestro al rededor jugando con ellos, bromenado en cada situación de riesgo -mi viejo nunca dramatizó tanto el fútbol como yo- si bien estaba nervioso, él se lo tomaba como una diversión. Yo poco me distraía con mi entorno, lo central para mi estaba en la cancha.

La sombra de preferencia ya hacía fría a la tarde dominguera; El 0-0 de un partido duro, con mucho roce, golpe y tensión, no se movía en 85 minutos.

De pronto pasó, el Diablo en el área de Brasil se caía por una falta de Ricardo Gómez – el paraguayo sancionaba penal y nosotros celebramos- si, nos abrazamos con mi viejo, parecía que hubiéramos metido el gol del triunfo; La realidad era que Platini recién llevaba la pelota al punto penal, tomaba impulso y le pegaba fuerte, pero mordido, la pelota suave llegó al centro del arco y pegó en las piernas de Taffarel. Fue la primera frustración en el Estadio, nunca antes había sentido esa sensación e impotencia.

Ahí comenzó todo, faltaba muy poco para terminar, dos minutos reglamentarios. Yo en los nervios recordé que tenía colgado en mi cuello algo que luego se transformaría en mi amuleto futbolero de ahí en más (incluso cuando deje de creer). Apreté con todas mis fuerzas el crucifijo, más por nervios que por convicción, mi viejo miraba el partido, reclamando los errores de los nuestros “juegan todo el día como no pueden patear bien”, decía. Yo ya no hacía otra cosa que mirar al cielo, rogaba el milagro.

Foto: historiadelfutbolboliviano.com

Quinteros en el fondo frenó el ataque de Brasil, habilitó a Etcheverry, el Diablo en puntas de pie salió disparado, con más fuerza de voluntad que dominio, se iba para el fondo, corrían 87 minutos de juego, quiso meter un centro raso, que le salió débil. Taffarel, abrió la gamba izquierda, se confió o descoordinó la bajada de sus brazos, no sé, pero la pelota chocó en su taco y entre sus piernas se metió en el arco norte del Hernando Siles. Yo en ese instante le puse pausa a mi vida, recuerdo eso y luego aparecí en los brazos de mi papá, me levantó como un papelito… el grito de “Bolivia Bolivia Bolivia”  reventaba por los poros debajo de mi ropa blanca, aún yo no tenía noción de que ese momento era histórico, mi viejito sí, lloraba, le temblaba la mano, la voz.

Nos sentamos y de nuevo, mientras seguíamos bajando las revoluciones, el alicate, Alvaro Peña estaba haciendo el avioncito, festejando el segundo gol ante Brasil.

No les miento si les cuento que me explota el corazón al revivir estos momentos, mis ojos se llenan de lágrimas al recordar esa alegría. Nunca antes había visto a mi papá llorar, para mi era un tipo inquebrantable hasta ese día; Fue el día de mi primera comunión, comulgué ante la máxima expresión del fútbol, la pelota se volvió mi mundo.

Estoy seguro que no soy el único, hay millones de historias del 25 de julio de 1993… el día que nos cambió la vida.

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